sábado, 13 de mayo de 2017

Ciberataque masivo.

Una vez más, la realidad ha vuelto a superar la ficción que plasmo en El Observador. Me refiero al ataque masivo que tuvo lugar el pasado viernes, que bloqueó varios ordenadores de otras tantas empresas y organismos públicos de todo el mundo.
Se trata de un evento a nivel mundial que también sucede un par de veces en mi novela. La diferencia está en las intenciones de los hackers de la vida real y del protagonista de mi obra. En el mundo real, el individuo, equipo o grupo de individuos inconexos, pretende hacerse rico. Como diría John Mclane, protagonista de la franquicia de la Jungla de Cristal; "El dinero. Siempre es por dinero". Mientras que en mi libro, El Observador es un hacker que está armado con un fuerte sentido altruista de la justicia social.
No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que estos hackers de la vida real carecen de escrúpulos. Su reciente jugarreta ha afectado al servicio sanitario de Inglaterra, lo que que habrá puesto en peligro la vida de más de un paciente inglés que necesitaba operarse, al haberse extraviado su ficha digital. Supongo que existirán copias en formato de papel de estos archivos, lo que habrá subsanado las consecuencias de este ataque.
Este incidente mundial ha demostrado otro hecho que cada vez es más patente. Dependemos demasiado de la tecnología para poder vivir. Sí, es cierto que subsistir en un mundo interconectado tiene sus ventajas. La prueba es que usted, querido lector, está leyendo estas líneas porque este blog me permite promocionar mi libro. No obstante, cada vez que sucede algo así, se reafirma mi creencia de que la información transmitida en formato de papel es mucho más veraz que la que existe en formato digital. Sí, hoy en día se transmiten las noticias a mayor velocidad, pero se dispersan de una manera tan rápida, que se hace imposible advertir si estas noticias digitales son ciertas o falsas antes de que lleguen a la pantalla del internauta medio.
Espero que el contraataque sea tan efectivo, que en el futuro, estos hackers se lo pensarán dos veces ante de lanzar un ataque tan masivo. Porque no me parece rentable infectar tantos ordenadores a la vez. Ha sido un evento tan titánico, que dudo mucho de que alguno de los atacados llegue a pagar para desbloquear su ordenador, recurriendo antes al experto informático de su organización o del gobierno. Aparte de que va a ser mucho más fácil encontrar a los responsables de esta jugarreta.
No me sorprendería nada que se descubra que estos hackers hayan perdido el control de sus virus y demás criaturas informáticas, y que por esta razón, el ataque fue más masivo de lo que estos granujillas esperaban.
No obstante, puede que tengamos que acostumbrarnos a que pasen estos eventos, ya que el pasado ciberataque no ha llegado a tener las consecuencias de los dos sucesos mundiales que describo en El Observador, como una revolución silenciosa que redistribuye la riqueza mundial, o un sonado atentado terrorista de efectos demoledores...
Pero estas historias se cuentan mucho mejor en mi novela y, visto lo visto, está claro que el que lea El Observador, estará mejor preparado para afrontar los desafíos del mundo interconectado en el que nos ha tocado vivir.

sábado, 11 de marzo de 2017

Tu smart-TV te espía.

Una vez más, la realidad supera la ficción que describo en El Observador. Esta semana hubo nuevas filtraciones de la CIA en Wikileaks. Ahora, además de usar nuestros ordenadores, las agencias secretas nos vigilan a través de los móviles inteligentes y de los smart-TV.
Como ya declaré en anteriores entradas, estas noticias no me sorprenden. ¿O es que nadie no se ha dado cuenta de que existe un interés, por parte de gente ajena a las empresas tecnológicas, de que todos vivamos conectados a la red de redes? ¿Nadie ve que así es más fácil controlarnos?
Personalmente, soy usuario de un móvil que solamente sirve para hacer llamadas telefónicas y mandar mensajes de texto. En un principio, me negaba a tener un teléfono inteligente, porque no deseo estar permanentemente conectado a Internet. Me conozco, sé que el día que me pase a la actual generación de tecnología de la comunicación, me convertiré en un adicto. Pero cuando oigo estas noticias, encuentro más razones para seguir trabajando con mi aparato de siempre. De hecho, los verdaderos entendidos en espionaje informático, son usuarios de este tipo de teléfono móvil, precisamente porque son tan arcaicos, que son muy difíciles de piratear.
Luego está el tema de Wikileaks, que también da para pensar. Si lo meditan, cualquier empleado que esté descontento con las funciones de su empresa, puede filtrar los trapos sucios de sus jefes y seguir permaneciendo en el anonimato. Al menos, Wikileaks intenta no publicar noticias sin antes confirmar su veracidad. Aunque ahora, con el pretexto de que estas filtraciones están poniendo en peligro varias operaciones antiterroristas, su jefe está obligado a permanecer encerrado en una embajada, amparado por la legalidad internacional, porque está en busca y captura.
Cierro estas líneas con otro vídeo del tema Exit, la colaboración de Jean Michel Jarre con Edward Snowden, En la contraportada de mi libro se dice que El Observador es una especie de Anti Gran Hermano, aunque a mí me parece más, tras ver estas actuaciones en los conciertos, que es el propio Snowden el que merece ganarse ese título.
Os dejo este mensaje para que vosotros, los que no tenéis que estar vigilados porque no estáis metidos en asuntos turbios, protestéis. Y según la información dada por las últimas filtraciones, bastará con saludar, la próxima vez que te sientes delante de tu smart-TV, con un itrónico "Hola, señores de la CIA. ¿Qué tal va esa caza de terroristas?".


domingo, 19 de febrero de 2017

La técnica del loverboy.

Una vez más, la actualidad supera la ficción que describo en El Observador. Hoy mismo, en los noticiarios, se ha hablado de la técnica del loverboy, que es una estratagema para engatusar a jóvenes adolescentes para captarlas y luego obligarlas a que ejerzan la prostitución.
Y una vez más, me pregunto si la realidad supera a la ficción, o soy mejor conocedor de la realidad de lo que supongo. Ya lo dije en la entrevista que hice para Universal FM, y que fue emitida en el programa de El Cowboy de Medianoche. Muchas de las cosas que cuento en El Observador se están haciendo realidad, o al menos, están pasando al dominio público.
Pero volvamos al tema de la técnica del loverboy, que también se describe en El Observador. En la familia protagonista, como ya conté en anteriores entradas, hay una adolescente de 17 años, que además se ha hecho amiga de un contacto de Internet que precisamente se hace llamar LOVERBOY96. Alargo la trama de esta relación amistosa a lo largo de la novela, sembrando de paso en el lector dudas sobre la verdadera identidad de LOVERBOY96. ¿Es otra de las identidades falsas de El Observador? ¿Es de verdad un chaval que se preocupa por esta chica? ¿O es alguien mucho más siniestro?
De paso, esta adolescente sufre un proceso de bullying, además de un par de acontecimientos que la convierten en la típica dama en apuros. Y si a ello se le suma que vive en una familia mezclada e inestable, en un ambiente desestructurado, al final, termina por ceder a una de las enésimas peticiones de su novio de Internet para irse a vivir juntos. Así termina uno de los capítulos, no sin antes ser alertada por un mensaje de advertencia que llega a ignorar. Puede que sea el clifthanger más potente de todo el libro.
En el siguiente capítulo, se enlaza esta trama principal con otra subtrama del que ya hablé en una anterior entrada, donde relato lo sucedido en un club de alterne de carretera... Y hasta aquí, puedo escribir.
Ya sé que mi descripción de los hechos del tal LOVERBOY96 puede diferir de los sucesos de los reales loverboys que pululan hoy en día. Pero hay que recordar que este fenómeno no es de hoy en día. Estas cosas ya pasaban antes, en las puertas de los institutos, en las discotecas, a las salidas de las iglesias o cerca de una hoguera en una cueva de trogloditas. Excepto que ahora, esta técnica se ha extendido a la red de redes, convirtiéndose en una consecuencia más de vivir en un mundo más conectado e informatizado. Así que estas cosas se veían venir desde lejos, para todo aquel que sepa ver, claro está.


¡Ah! Y otra casa más. La ilustración que he colocado en esta entrada para que haga de gancho, es un retrato que hice de Jessica Alba. Y por cierto, está en compañía de un rolo, uno de los bichitos que salen en El Heraldo del Caos, mi anterior novela.

sábado, 14 de enero de 2017

El papel del Rey

Como ya mencioné en una anterior entrada, El Observador es una novela de tanta actualidad, que incluso participa el Rey en la trama.
Y cuando digo el Rey, me refiero al Rey de España, no a Elvis Presley.
Al escribir la novela, en el primer borrador, visualizaba a Juan Carlos en este papel, ya que por entonces, él era el dirigente que teníamos. Y ahora, el lector que tenga la audacia de enfrentarse a mi novela, al leer esas mismas líneas, visualizará a Felipe VI.
En este punto, hice bien en no citar su nombre. Pretendo que El Observador envejezca bien con el paso del tiempo, y por este mismo motivo, me refiero a él como el Rey de España, sin mencionar su nombre propio. Por esta misma razón, digo mensajes de texto, porque hace diez años eran SMS, hoy son whatssaps, y a saber cómo se dirá dentro de otros diez. También me abstengo de mencionar el nombre de la organización terrorista yihadista, porque hace diez años era Al-kaeda, hoy es DAESH, y a saber en qué se transmutará el día del mañana con todas las barbaridades que están sucediendo hoy en día.
Aunque por esta misma regla de tres, si el actual monarca no tiene un hijo varón en breve, tendría que mencionarse a la Reina de España en vez de al Rey.
Y una vez aclarados estos puntos, también querría desvelar parte de la trama, para apagar a partir de ya, posibles futuras rencillas y polémicas, pues he observado que hablar de la monarquía en España es casi como tratar cuestiones religiosas o de la Guerra Civil.
Para empezar, el Rey en El Observador está haciendo de Rey. Se limita a hacer su trabajo en una situación en la que la seguridad nacional ha sido gravemente herida. Es decir, que el Jefe de Estado se ve obligado a imponer la Ley Marcial para defender los derechos y las libertades de sus súbditos.
Entenderán ahora la polémica que puede desatar tal exposición. Porque mientras media España diría que el Rey en El Observador está actuando correctamente, la otra mitad me calificaría de izquierdista, porque uno de los personajes principales llega a insinuar que los tiempos de Franco no han pasado gracias a la figura del Rey.
Lo diré claramente en esta entrada, para ahorrarme futuros disgustos. Soy un republicano monárquico, o si lo prefieren, un monárquico republicano. Y si la actuación del Rey en mi novela es exagerada, correcta o satírica, es algo que dejaré que el lector de turno lo juzgue por sí mismo.

sábado, 7 de enero de 2017

El origen de Iago Morquecho.

Es uno de los personajes de relleno más importantes de El Observador. Gracias a él, uno de los protagonistas (y de paso, el propio lector), se entera de las verdaderas dimensiones que abarca el asunto de este pirata informático.
Se trata, pues, de uno de esos ermitaños del siglo XXI, un individuo que vive a solas (¿o con su madre?) y encerrado en una habitación con su ordenador, viviendo prácticamente de la red de redes.
Para explicar de dónde salió la idea de este personaje, antes debo recordar lo difícil que es para un escritor bautizar a sus personajes. A parte de revisar los escritos para eliminar las erratas, poner nombres a los personajes es un auténtico fastidio en este oficio.
En anteriores trabajos, en donde las historias están ambientadas en futuros galácticos, es relativamente fácil bautizar a los personajes. Normalmente, les pongo nombres anglosajones o multiraciales, lo que a su vez me permite memorizarlos mejor.
Pero en el caso de El Observador, ambientado en Madrid y en el mundo actual, he tenido que tirar de la nomenclatura nacional. Y de ahí, que muchos personajes tengan nombres y apellidos sueltos que provienen de familiares, amigos y conocidos míos. Incluso me he permitido hacer algún que otro homenaje (pues hay un tal Orrego, y también un Aijón).
Pero no sucedió así con Iago Morquecho. Ya hacía tiempo que había unido este nombre y apellido, mucho antes de escribir El Observador.
Porque el origen de Iago Morquecho tiene lugar en mi último año universitario, cuando asistí a una excursión que se hizo a Burbia. Allí tuve el privilegio de cruzar los montes con un tal Iago (que es un diminutivo gallego de Santiago, lo aclaro para los castellanohablantes). Aunque como era la primera vez en mi vida que hacía senderismo en unas altitudes tan elevadas, la falta de oxígeno atmosférico me afectó, y pronto, Iago se adelantó y me dejó atrás.
También había un tal Morquecho, que era un individuo que se parecía mucho al Asno de Sherk. Es decir, que no se callaba ni debajo del agua. De hecho, me costaba concebir el sueño en el hostal por culpa de sus interminables charlas-monólogo nocturnas. En esa excursión, solamente dormí bien cuando todos los compañeros se fueron de copas en la última noche al pueblo de al lado, incluyendo al tal Morquecho, lo que me proporcionó una noche de sueño desahogado.
Y además, la última mañana que estuvimos allí, tuvimos que hacer una práctica de radio-baliza, lo que implicaba estar callado para poder oír bien los pitidos del dichoso artefacto. Pero una vez más, Morquecho estaba hablando por los codos, imposibilitando que mis compañeros en prácticas pudieran realizarla. Fue en ese momento cuando me desquité, vengándome por las noches de insomnio al mismo tiempo que defendía al compañero de la práctica, imitando al entonces Rey de España con un campechano !¿Por qué no te callas?!
Fue en esa excursión en donde también empecé a tontear con la idea de crear un personaje llamado Iago Morquecho, que en un principio iba a ser un senderista incansable que hablaría por los codos. Sin embargo, al final usé este nombre para bautizar a este hacker gallego, que pone al día al detective protagonista sobre El Observador y el mundo de pirateo informático en el que se mueve.

viernes, 6 de enero de 2017

Donald Trump y los hackers rusos.

Ya había mencionado este tema en una anterior entrada. La extraña (ante los ojos de un europeo) elección de Trump, próximo presidente de los Estados Unidos.
Lo cité en una lista de sucesos increíbles, que están pasando y que ya fueron descritas (o profetizadas) en El Observador, junto con el uso generalizado de los drones, los incidentes con los coches autónomos y otros varios sucesos que se han puesto de actualidad.
He de confesar que ni en la peor de mis dispotías podría imaginarme a un personaje como Trump residiendo la Casa Blanca. Pero si lo menciono en este blog, es porque se está confirmando un rumor que empezó a difundirse después de las elecciones presidenciales.
Y es el tema del pirateo de las urnas a través del novedoso sistema de voto informático. Se dice, que como Trump tiene muy buenas relaciones con los actuales dirigentes soviéticos, desde allá se envió un ataque informático para inclinar la balanza de las votaciones a favor de Trump.
No creo que haga falta que diga que le doy muy poco crédito a este rumor. De hecho, aunque no aparece en mi novela, es una historia que bien podría formar parte de El Observador. Así que me lo creí igual que si fuera otra noticia que hablara de reptilianos o de cualquier otra retorcida conspiración.
Sin embargo, hoy me enteré de que el propio servicio de inteligencia de Estados Unidos se está tomando muy serio este rumor. O puede que incluso surja alguna sorpresa antes de que Trump sea oficialmente investido.
Y aquí está el giro que me hace creíble este rumor. No lo está diciendo un conspiranoico cualquiera, amparado por el anonimato de la red de redes. Lo está investigando el propio servicio secreto. Así que ahora creo que este asunto del presunto pirateo ruso va a seguir trayendo cola.
Y en cuanto a mi novela, al ser El Observador un hacker que actúa a nivel internacional, también está siendo investigado por la CIA. Y por lo tanto, también aparece el presidente de los Estados Unidos, aunque ni siquiera menciono su nombre. Y es más, incluso el Rey de España participa en la trama...
Pero esto último es material que reservaré para redactar una nueva entrada.

jueves, 5 de enero de 2017

¿El porqué del altruismo del hacker?

Pueda que cuando alguien lea El Observador, se pregunte si es posible que este hacker tenga un carácter tan altruista. ¿Cómo alguien que dispone de unos dones tan excepcionales, no los usa para enriquecerse a sí mismo (y no para redistribuir la riqueza mundial, como ya delaté en una entrada anterior)?
Este tratamiento del personaje me permitió alargar y enriquecer la trama, con sus principales antagonistas cuestionándose los verdaderos motivos de El Observador, que siempre ayuda a los demás sin exigir ni esperar nada a cambio. Se preguntan si El Observador es realmente altruista, o sus actos de pirateo informático forman parte de un elaborado plan para dominar el mundo...
Y por otra parte está el tema de los orígenes de El Observador, que una vez desvelados, se comprende por qué este hacker presenta un comportamiento tan admirable. No desvelaré aquí la verdadera naturaleza de El Observador, pero si puedo adelantar que se ha criado viendo vídeos como el que adjunto en esta entrada. Que por otra parte, son de los más vistos en Youtube, a parte del de los gatitos y de los bebés que se parten de risa.
Y es que al ver cómo está el mundo, es muy fácil que florezca un pensamiento misántropo, que dé ganas de eliminar a la humanidad de la faz de la Tierra de un solo plomazo. Entiendo que es una percepción lógica, porque todos somos usuarios de un cerebro diseñado para sobrevivir, que identifica antes lo malo que lo bueno. Y yo también pensaba así, pero cambié de opinión cuando me enteré, como ya dije antes, de que los vídeos más vistos son de bebés riéndose y de animalitos haciendo gansadas, y no los de vagabundos borrachos peleándose, ni nada con connotaciones tan negativas.
De aquí se deduce que la humanidad tiene muy buen fondo, que todos somos buenos por naturaleza. Son ciertas interacciones con nuestra realidad las que nos desvían del camino, de la misma senda que sigue El Observador desde mucho antes de tener uso de razón.