domingo, 4 de diciembre de 2016

La cuestión de la familia.

Cuando estaba desarrollando la historia de El Observador durante el curso de guión, empecé a perfilar a los personajes principales, que iba a interactuar, muchas veces sin saberlo, con este pirata informático.


Para empezar, concebí a los cuatro personajes principales a raíz  del caso de Amalia Lorenzo (busquen en wattpad para saber más). Por una lado, una pareja de agentes policiales, que gracias a este intento de violación, se enteran de la existencia de El Observador. Por el otro, una pareja de agentes secretos, que ya enfrascados en la búsqueda de El Observador, aparecen en medio de la investigación y se apropian del caso.
La idea inicial era la de desarrollar las respectivas investigaciones de estos dos bandos enfrentados, hasta que el al final lleguen los dos a las mismas conclusiones y converjan en un mismo punto espaciotemporal.
No obstante, esta historia estaba pensada para que fuera una serie de televisión, y en España, se tiene la percepción de que una serie televisiva no funciona si no hay una familia en ella. Y por esta razón, a las dos corrientes investigadoras anteriormente descritas, añadí a una familia, con la intención de que formara una muestra de la población mundial, cuyas vidas también estaban siendo (inconscientemente) tocadas por El Observador.
Sin embargo, la introducción de una familia en la trama fue lo que más dolores de cabeza me trajo. Para empezar, al maestro le parecía que esta inclusión era artificial, prostética, que la trama familiar no pegaba con las otras dos tramas investigadoras. Y yo estaría de acuerdo con él, si no fuera porque ya estaba empezando a desarrollar la historia. Con la familia empecé la trama de los mensajes presuntamente amenazantes, además de que doté a El Observador de una presencia física (con el móvil rosa de la niña), a la vez que añadía varios sospechosos de ser El Observador (ya saben, de esos que se señalan al principio de un capítulo de CSI o de Se ha escrito un crimen, y que nunca resultan ser los criminales de turno).
Pero no dibujé la típica familia nuclear, con dos padres y uno o dos hijos, más los abuelos viviendo en su casa de la aldea. Quería apartarme de tanto tópico manido, así que diseñé a una familia mezclada, de un hombre que se había casado con una mujer que ya tenía tres hijos de una relación anterior, más con un abuelo ausente (voluntariamente y por motivos laborales), y una abuela tan obstinada en refugiarse en su fe religiosa, que repele a sus más allegados parientes.
Así que la inclusión de la trama familiar en esta historia terminó por enriquecer la novela de El Observador, además de que me permitió crear un reparto coral de personajes repartidos por todo el mundo. Porque, ¿qué es lo primero que aprendimos viendo Perdidos? Que todos estamos conectados en este mundo globalizado.
Además, al desarrollar la historia, surgió una inesperada conexión entre uno de los investigadores y uno de los miembros de la mencionada familia...
Pero eso es otra historia, y ya se cuenta en la novela.

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