martes, 6 de diciembre de 2016

La cuestión religiosa.

Cuando concebí El Observador como una serie de televisión, quise hablar en él de temas cotidianos. Por esta razón, el detonante de uno de los capítulos es la detención de un sacerdote católico, que es acusado de un presunto delito de pedofilia.


Empiezo comentando este capítulo pidiendo que nadie se ofenda. No es un relato que escribiera para hacer una durísima crítica a la Iglesia, ni tampoco una defensa enfervorecida de la misma. Escribí este capítulo para intentar representar el grado de espiritualidad de la España actual, que todavía está muy cicatrizada por las heridas de la última guerra civil sufrida.
Así que como ya supondrán, el capítulo está salpicado por personajes que tienen su propia perspectiva sobre la existencia de Dios, la fe y la propia Iglesia. Y lo he hecho así, porque es la percepción que yo experimento cuando veo a la gente expresar su sentido de la espiritualidad. La realidad es así. No todos vivimos igual, no creemos igual y no nos enfrentamos a la muerte igual.
No obstante, este caldo de cultivo religioso y social me sirve para hacer vacilar al lector, sembrando la primera duda sobre la verdadera identidad de El Observador. Porque se descubre que el fin último de este pirata informático es el mismo que el del propio Jesucristo. Que nos amemos los unos a los otros.
Personalmente, pienso que el mensaje es mucho más importante que el mensajero. Cualquier otra consideración sobre la naturaleza divina del maestro es secundaria.
Y también hago dudar sobre la propia naturaleza de El Observador, que es un pirata informático tan audaz, el mejor del planeta, que habría preguntarse si es más que humano, o incluso, un ángel...
O pueda que, simplemente, no se trate de un hacker solitario...

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